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Industria farmacéutica: innovar o morir
Montse
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El mercado del medicamento duplicará su valor en 2020, pero los laboratorios perderán esta oportunidad de negocio a menos que cambien su modelo empresarial. Ahora apenas inventan. Gastan el doble que hace 10 años en investigar, pero producen un 60% menos. Las predicciones de la prestigiosa consultora sobre el sector siempre se han cumplido. En su último informe indica a los laboratorios la necesidad de establecer alianzas con los nuevos protagonistas del negocio farmacéutico: agencias reguladoras, gobiernos, investigadores, pacientes y economías emergentes



La era de los medicamentos 'superventas', aquellos capaces de recaudar mil millones de euros en el primer año de su salida al mercado, tiene fecha de caducidad. También se acerca la edad de 'jubilación' para los ejércitos de comerciales que visitan reiteradamente al médico con el objetivo de convencerle de las ventajas de un determinado producto. Son dos de los emblemas del actual modelo empresarial de la industria farmacéutica que se tambalean. Y no serán los únicos. Un informe de la consultora PricewaterhouseCoopers sobre el futuro a corto plazo de este sector augura cambios revolucionarios en la estrategia de las multinacionales del medicamento. Las condiciones del mercado cambian a paso de gigante. El laboratorio que quiera seguir siendo rentable tendrá que transformar su 'modus operandi'.

¿Se acabaron los buenos tiempos para la industria farmacéutica? La respuesta de los analistas del mercado del medicamento es que las perspectivas de crecimiento nunca han sido mejores. El valor mundial de éste duplicará al actual en 2020 hasta alcanzar los 1,3 billones de dólares, según un nuevo informe sobre el futuro del sector realizado por PricewaterhouseCoopers (PWC).

Pero la misma consultora advierte de que el entorno de este negocio ya nunca será igual. Las multimillonarias tasas de retorno económico, inimaginables en la mayoría de los otros sectores de actividad, tocan a su fin. Habrá rentabilidad, sí, pero no a esa escala.

Y es que el sector se enfrenta a una carrera de fondo cuando le flaquean las fuerzas: su capacidad para innovar es cada vez más limitada aunque dedica crecientes sumas a investigar, sus gastos en marketing y publicidad son ingentes y su reputación social está dañada. En un sondeo realizado en EEUU, esta industria ocupaba el puesto número 13 en 'honradez' de una lista de 17, por detrás de las aseguradoras y de la del automovil. Pero, además, las agencias reguladoras y los gobiernos se muestran implacables al exigir seguridad y eficacia a sus productos, mientras aprietan más que nunca en busca de unos precios que no descalabren las arcas públicas.


ENTORNO CAMBIANTE
El documento 'Pharma 2020 The Vision-Which Path will you Take? (La visión-¿qué camino seguirá?') indica, precisamente, con qué piedras pueden tropezar las multinacionales en la senda para hacerse con ese potencial crecimiento, así como los cambios que deben acometer si quieren seguir siendo rentables.

Nuevas oportunidades. Cambios demográficos, epidemiológicos y económicos están redibujando el mercado. La población mundial envejece (en 2020 cerca del 10% de los ciudadanos del planeta habrá cumplido 65 años) y consumirá más fármacos. Aparecen nuevas enfermedades y necesidades médicas.

Pero, sobre todo, se incrementará la clientela en los países en vías de desarrollo. Se prevé que, en 2020, Brasil, China, India, Indonesia, México, Rusia y Turquía (los mercados emergentes del grupo E7) concentren la quinta parte de las ventas mundiales de medicamentos. El ritmo de aumento de venta será mayor en esas zonas: si en los países del G7 (EEUU y potencias europeas) el mercado crece de un 5% a un 7% anual, en los E7 se espera que lo haga al 10% o 15% en la próxima década.

La industria «no estará en buena posición para aprovechar estas oportunidades a menos que mejore su productividad en investigación y desarrollo [I+D]. El actual modelo empresarial es claramente insostenible», advierte Rafael Rodríguez, socio responsable del Sector Farmacéutico de PWC.

Investigación poco productiva. Los números lo demuestran. En 2006, la inversión en investigación biofarmacéutica alcanzó la cifra récord de 55.200 millones de dólares en EEUU, país que concentra el 75% del desembolso global en este área. Pese a ello, la agencia estadounidense del medicamento, la FDA, únicamente autorizó la comercialización de 22 nuevas moléculas, menos de la mitad de las aprobadas 10 años antes con una inversión en I+D por debajo del 50% respecto a la actual.

Las perspectivas no son halagüeñas. El 90% de los beneficios de las principales compañías procede de la venta de productos que llevan más de cinco años a la venta, cuya patente (periodo de comercialización en exclusiva sin que otras compañías puedan lanzar versiones genéricas) está próxima a expirar.

La evolución en el mercado bursátil también muestra síntomas del desgaste. Entre 1985 y 2000, el valor del sector farmacéutico se multiplicó por 85, superando en ocasiones el del mercado de acciones mundial. Desde entonces, el globo se ha ido deshinchando: el índice FTSE Global Pharmaceuticals creció un 1,3%, mientras el Dow Jones un 34,9%.

Cambio de enfoque. Hasta ahora, la base del negocio residía en desarrollar medicamentos para tratar enfermedades. El rumbo, según PWC, debe cambiar. Uno de los objetivos del futuro debe ser la prevención. Es previsible que los gobiernos dediquen cada vez más fondos a introducir medidas para preservar la salud de sus ciudadanos, sobre todo aquellos en edad productiva y, de paso, hacer frente al incremento del gasto sanitario en sus presupuestos.

Porque, si eso no sucede, no habrá nación que sea capaz de sufragar las necesidades en salud de sus ciudadanos, por mucho que se intente abaratar la factura recortando el margen de beneficio de la industria farmacéutica. Al contrario de lo que se cree, el coste en medicamentos no es la pieza principal del gasto sanitario. En EEUU, representa aproximadamente un 10%, mientras la partida hospitalaria asciende a un 33% y los administrativos oscilan entre el 20% y 30%.

No obstante, a la hora de meter la tijera, el medicamento es el objetivo más sencillo. Y no parece que las cosas vayan a cambiar en este sentido, sino más bien todo lo contrario. Por un lado, se aventura el fin de la 'burbuja farmacéutica' de EEUU, el principal mercado de las multinacionales. Con los demócratas en el edificio del Capitolio, la libertad de precios de la que gozan los laboratorios en este basto territorio puede peligrar. En concreto, a través de dos propuestas: la de introducir un sistema nacional de salud para cubrir las necesidades sanitarias de los más de 40 millones de estadounidenses que ahora no cuentan con seguro médico y la que quiere conferir a los gobiernos federales la potestad de negociar precios para los beneficiarios de Medicare, el programa público de asistencia para mayores de 65 años.

Por otro lado, cada vez más países establecen organismos para corroborar no sólo la eficacia y seguridad de los nuevos medicamentos, sino si la relación entre lo que ofrecen y lo que cuestan está justificada. Reino Unido, Australia, Nueva Zelanda y Finlandia son ya algunas de las naciones en las que las empresas se someten al examen de reválida de estas agencias evaluadoras. Si el producto no logra demostrar que es mejor respecto a las terapias disponibles queda fuera del sistema.

Este tipo de restricciones crecerá impulsado por el desarrollo de las nuevas tecnologías de la información. Si las historias clínicas se informatizan, se podrá conocer con más detalle la respuesta de los fármacos en grandes grupos de pacientes y hacer comparaciones entre distintos tratamientos. Es decir, el rendimiento económico y clínico real de cada terapia quedará al descubierto, un factor clave a la hora de establecer un precio justo del medicamento.

Nuevos protagonistas. Para muchos analistas, la industria deberá someterse a una cura de humildad. Ya no será el único actor en el desarrollo de los medicamentos. Crecerá el protagonismo de los organismos proveedores de los servicios de salud. No se limitarán a discutir el precio con los laboratorios, sino que determinarán cuál es la mejor práctica clínica que deben seguir los profesionales sanitarios. De hecho, la libertad de prescripción del médico es cada vez menor, ya que abundan los protocolos de tratamiento, una suerte de libro de instrucciones sobre cómo y con qué tratar cada dolencia.

El paciente ganará peso por distintos motivos. Aumentará el número de fármacos disponibles sin receta y con ellos la costumbre de automedicarse. Esta tendencia exigirá un paciente más informado y, ahí, las compañías tendrán que desarrollar nuevas estrategias y no simples campañas de publicidad.

De hecho, se aventura que tendrán que ir más lejos y explorar el campo de la provisión de servicios sanitarios para, por ejemplo, reducir el impacto de uno de los problemas que más despilfarro farmacéutico genera: el incumplimiento de las terapias. En EEUU, se calcula que entre el 14% y 21% de los pacientes no toma el medicamento prescrito. Los cálculos indican que si los enfermos concluyeran su tratamiento, los laboratorios podrían ingresar 30.000 millones de dólares anuales en nuevas ventas.


¿UN NUEVO MODELO?
No todos coinciden en cuál es el nivel de desgaste del modelo empresarial vigente. Expertos en el sector como Pedro Nuano, profesor de la Escuela de Negocios IESE, opina que el «aunque es mejorable, en el actual existe mucho conocimiento arraigado. No aventuro cambios revolucionarios». Otros como Joan Bigorra, director de la Fundación Clínic y ex director general de la multinacional farmacéutica Novartis en España, creen que «está agotado». La cuestión es ¿por dónde empezar la transformación?

Para PWC, el futuro pasa por trabajar en alianza con los nuevos protagonistas del mercado desde el inicio del proceso, desde que la molécula empieza a investigarse. Actualmente, muchas compañías intentan reducir el riesgo de la inversión en investigación comprando las patentes de productos desarrollados por pequeñas empresas de biotecnología o en centros universitarios de los países desarrollados. Pero estas entidades ya no venden a cualquier precio y defienden con mayor énfasis el valor de sus hallazgos. Es una de las razones por las que las farmacéuticas miran hacia las economías emergentes y extienden su presencia a esos países.

Donde los cambios deben ser más radicales es, sin duda, en el proceso de desarrollo del fármaco. Esta actividad consume actualmente entre ocho y 10 años y alrededor de mil millones de euros por producto. Y muchos sucumben antes de llegar al mercado. Para PWC, este sistema se irá sustituyendo paulatinamente por otro en el que el desarrollo de una sustancia candidata se pactará previamente con las agencias reguladoras, en función de las necesidades sanitarias detectadas.

Se llevarán a cabo ensayos clínicos de colaboración y el fármaco se irá probando progresivamente en un mayor número de pacientes mediante licencias de venta 'en vivo' que, se concederán en función de un control exhaustivo de los resultados del tratamiento en grupos seleccionados de usuarios, identificables mediante análisis genéticos. El objetivo es acortar el plazo en el que la empresa empieza a obtener ingresos y reducir el coste de las inversiones.

El resultado ya no serán productos 'superventas' con potencial para ser utilizados por millones de pacientes, sino terapias personalizadas, idóneas para pequeños grupos de afectados por un tipo específico de dolencia, que se identificará igualmente mediante diagnóstico genético y marcadores biológicos, un campo que constituirá un nuevo nicho de mercado. «Las farmacéuticas venderán paquetes integrados de medicamentos y servicios, que podrán valorarse incluso más que las propias medicinas», subraya la consultora.

Claro que los laboratorios necesitarán aliados que les ayuden en su transformación. Además de voluntad, algunas reformas precisan cambios legislativos y políticos. Y hay indicios en este sentido. Un ejemplo, es el de la agencia europea del medicamento, la EMEA, que ya recurre a la fórmula de la autorización 'condicionada' para estimular a la industria a desarrollar fármacos para dolencias 'huérfanas', enfermedades raras o poco frecuentes que no disponen de tratamiento.

Otro punto clave es la posibilidad de unificar los criterios de autorización a nivel internacional. En un mundo globalizado gracias a las tecnologías de la información, ¿no sería suficiente contar con una sóla agencia reguladora a nivel mundial? o ¿con una única entidad evaluadora? Ahora las farmacéuticas gastan enormes cantidades de tiempo y dinero en cumplimentar los trámites burocráticos para obtener los permisos de venta en distintos territorios geográficos.

Y, por último, adiós a las huestes de comerciales y visitadores médicos. Los galenos ya no son el único cliente. El nuevo profesional de la industria será un gestor de cuentas que trabajará codo con codo con los consumidores, las asociaciones de pacientes, los gobiernos y las agencias reguladoras y llegará a acuerdos con estos grupos para identificar nuevos nichos de mercado y defender las bondades y el precio de su producto aportando servicios adicionales que hagan más rentable su uso (desde test de diagnóstico para reconocer a los pacientes candidatos hasta programas para fomentar el cumplimiento de las terapias).

La duda es si las farmacéuticas serán capaces de someterse a esta metamorfosis. Bigorra no es demasiado optimista. «Difícilmente se adaptarán a corto plazo. La cultura de las empresas está muy arraigada en el modelo agotado. Es difícil ver en las organizaciones actuales la visión, el coraje y el toque de humildad y solidaridad que exigen estos cambios. Mi opinión es que se necesitará cierto recambio de las personas que las dirigen».

Rafael Rodríguez ya denota cierta mudanza. «Algunas compañías, como ha hecho Pfizer en EEUU, están reduciendo su red de ventas, centrándose más en la investigación, llegando a acuerdos con instituciones y trabajando más coordinadas con los organismos reguladores. Iremos viendo un nuevo sistema de funcionamiento en los próximos años, pero no se advertirán cambios radicales, el proceso es largo».

La propia industria reconoce la necesidad de evolucionar. Francisco García-Pascual, director de comunicación de Pfizer España, admite que «algunas de las cuestiones que plantea el informe son elementos que nuestra compañía se ha planteado al analizar su futuro más cercano». Antonio Mosquera, director general de MSD España, otro de los gigantes farmacéuticos coincide: «Los nuevos retos obligan a las compañías innovadoras a replantear su estrategia y modelo de negocio». Ahora bien, observa que «las iniciativas concretas dependerán mucho de cada compañía, de cada país, de cada gobierno y de cómo evolucionen las negociaciones y voluntades de todas las partes». Restan 13 años para ver los resultados.



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LAS EMPRESAS TOMAN NOTA
Hay indicios de que los aires de cambio empiezan a soplar en las farmacéuticas.

- Vacunas: la prevención es el nuevo objetivo. Actualmente hay 245 vacunas puras y 11 combinadas en desarrollo clínico y las estimaciones de este mercado ascienden a 42.000 millones de dólares de cara a 2015.

- Precios: las empresas están dispuesta a asumir mayores riesgos financieros para lanzar sus productos. En 2006, GSK acordó con dos gobiernos europeos que el coste de dos nuevas medicaciones podría aumentar o disminuir en función de los resultados de los estudios de coste-eficacia. Janssen-Cilag ha propuesto a Reino Unido asumir el coste de un tratamiento si los pacientes no responden a él.

- Prestigio: la transparencia en la información sobre seguridad y eficacia de los productos serán claves para recuperar la reputación. La ética y honestidad es el nuevo estandarte


Fuente: ElMundo.es

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"En el camino a tus sueños, vas a encontrar oasis y desiertos. En ambos casos, no te detengas". Paulo Coelho.
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