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Eso que llamamos DEPRESIÓN
Montse
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Eso que llamamos depresión
31 de agosto de 2007

Depresión es una palabra que tiene dos sentidos. En el lenguaje de la calle decimos "tengo depresión" si estamos tristes, apenados, agotados o desinteresados. En medicina, DEPRESION o TRASTORNO DEPRESIVO es el nombre de una enfermedad que afecta, por una parte, al estado de ánimo y, por otra parte, a una serie de funciones vitales (concentración, regulación del sueño, fatiga, etc.)


Depresión es una palabra que tiene dos sentidos. En el lenguaje de la calle decimos "tengo depresión" si estamos tristes, apenados, agotados o desinteresados. En medicina, DEPRESION o TRASTORNO DEPRESIVO es el nombre de una enfermedad que afecta, por una parte, al estado de ánimo y, por otra parte, a una serie de funciones vitales (concentración, regulación del sueño, fatiga, etc.)

Los síntomas más importantes de las depresiones son:

1) El bajo estado de ánimo: desmoralización, falta de ilusiones, falta de ganas de hacer cosas, sentirse bajo de tono...

2) La dificultad para hallar distracciones: no se disfruta igual que antes; lo que antes hacía gozar, ahora es más indiferente, si algo distrae es de forma momentánea, la persona se siente como apagada...

Otros síntomas, de los que puede haber uno o varios, son:
a) Trastornos del sueño (insomnio, despertar antes de hora, exceso de sueño durante el día...). b) Trastornos del apetito (ya sea perdida, ya sea ganancia de apetito).
c) Pensamientos repetitivos sobre temas que despiertan ansiedad, en otras palabras, cuando se coge un tema de preocupación es difícil sacárselo de la cabeza.
d) Ideas negras, pensamientos negativos, mala imagen acerca de sí mismo, sentimientos de culpa o de inferioridad.
e) Falta de concentración, sensación de perdida de concentración o de memoria.
f) Fatiga física, generalmente más acusada por la mañana: sensación de estar más cansado por la mañana.
g) Alteraciones matinales en general (más fatiga, más ansiedad, "estar más espeso" por la mañana que por la noche).
h) Dolores en diversas partes del cuerpo.
i) Perdida del interés sexual.
j) En algunos casos graves, ideas de muerte.
Uno de los dos síntomas "mayores" (bajo estado de ánimo, dificultad para disfrutar) casi siempre está presente. Los demás síntomas aparecen en grados diversos: uno o dos de ellos, varios, todos...
Las formas más comunes de depresión son:

DEPRESION MAYOR: Es cuando los síntomas son intensos. Normalmente una depresión mayor es una enfermedad muy evidente. El paciente se halla triste, desanimado, cansado, etc.


DEPRESIONES ENMASCARADAS.Son trastornos en que predominan los síntomas físicos: cansancio, dolores diversos, vértigos, vómitos, etc., sobre los psicológicos. Es lo que, a veces, se llama "nervios" en el estómago, en el corazón...


DEPRESIONES CON OBSESIONES: las obsesiones, pensamientos repetitivos o acciones repetitivas sobre algún tema, pueden ser el único síntoma evidente en este tipo de depresiones.


DEPRESIONES MITIGADAS O DISTIMIAS DEPRESIVAS. Distimia quiere decir "humor perturbado". En este trastorno la persona suele estar con cambios de humor, irritabilidad, problemas de concentración y, de vez en cuando, altibajos depresivos. Las distimias son muy engañosas, pues pueden durar años y no diagnosticarse como un trastorno depresivo. Lo típico es que duren mucho tiempo, y que el paciente no pase más de dos meses libre de trastornos. Es frecuente la incidencia de desavenencias familiares, personales, laborales, etc., a causa de los cambios del humor.


DEPRESIONES CON CRISIS DE ANSIEDAD. Las crisis de ansiedad, también llamadas crisis de pánico, consisten en un intenso estado de ansiedad, agitación, ahogo, palpitaciones, temblor, sudación, escalofríos, taquicardia y sensación de que a uno le va a dar algo o que se va a morir. Las crisis de ansiedad se producen en el curso de algunas depresiones. Después de las crisis de ansiedad el paciente suele presentar agorafobia, que se define como el miedo de estar en lugares de donde sea difícil o embarazoso escapar en el caso de que apareciera una crisis de ansiedad.


Las depresiones acontecen en personas con predisposición. Esta propensión es de naturaleza genética y depende del modo de funcionar que tienen unas partes concretas del cerebro. Hay personas que, les pase lo que les pase, nunca sufren una depresión. Otras, entran en trastornos de ese tipo con poca causa o, quizá, sin causa. Es frecuente desarrollar alguna forma de depresión tras alguna situación traumática. La muerte del cónyuge o la perdida de un trabajo son causas que aparecen como muy evidentes. Pero un cambio de piso (incluso a mejor), o de colegio, puede también significar una "perdida" (de ambiente, de amigos, etc.) que dispare un proceso depresivo.

La primera fase del tratamiento requiere medicación antidepresiva porque la depresión responde a un trastorno bioquímico cerebral muy bien conocido. Unas sustancias llamadas "neurotransmisores", las cuales trasladan información entre las células del cerebro, se hallan disminuidas en algunas zonas del cerebro cuando hay una depresión. En según que casos, especialmente en depresiones muy graves o muy resistentes al tratamiento, pueden hacerse unos determinados análisis de sangre para evaluar el estado de los neurotransmisores. A través de estos análisis, es posible detectar la gravedad y naturaleza de la depresión. Los medicamentos antidepresivos favorecen la utilización de los neurotransmisores que fabrica el cerebro, e impiden su destrucción.



¿Sabía Ud que...?

Un 30 % de la población general padece algún tipo de depresión.

Solamente un pequeño porcentaje de depresiones, que posiblemente no llegue al 4%, están correctamente tratadas.

Las personas con somatizaciones de la depresión (dolores de cabeza, vértigos, trastornos gástricos, crisis de pánico, dolores precordiales, etc.) suelen ser sometidas a innecesarias exploraciones médicas y pasan unos tres años, por término medio, antes de que les sea diagnosticada y tratada la depresión subyacente.

Las depresiones, en los niños, suelen provocar síntomas distintos: trastornos de conducta, irritabilidad, fallos de rendimiento escolar, apatía, negativismo, aislamiento social y aumento de la conflictividad.

Síntomas de depresión
El bajo estado de ánimo: desmoralización, falta de ilusiones, falta de ganas de hacer cosas, sentirse bajo de tono...

La dificultad para hallar distracciones: no se disfruta igual que antes; lo que antes hacía gozar, ahora es más indiferente, si algo distrae es de forma momentánea, la persona se siente como apagada...

Trastornos del sueño (insomnio, despertar antes de hora, exceso de sueño durante el día...)

Trastornos del apetito (ya sea perdida, ya sea ganancia de apetito).

Pensamientos repetitivos sobre temas que despiertan ansiedad; cuando se coge un tema de preocupación es difícil sacárselo de la cabeza.

Ideas negras, pensamientos negativos, mala imagen acerca de sí mismo, sentimientos de culpa o de inferioridad.

Falta de concentración, sensación de perdida de concentración o de memoria.

Fatiga física, generalmente más acusada por la mañana: sensación de estar más cansado por la mañana.

Alteraciones matinales en general (más fatiga, más ansiedad, "estar más espeso").

Dolores en diversas partes del cuerpo.

Perdida del interés sexual.

En algunos casos graves, ideas de muerte.

Tratamientos para la depresión
Los medicamentos antidepresivos ayudan a que no se destruyan los neurotransmisores que fabrica el propio cerebro.

La psicoterapia ayuda a la persona a comprender su modo de afrontar la realidad, y a mejorar sus recursos de cara a desarrollar pensamientos positivos.

El ejercicio físico, especialmente aeróbico (aerobic, footing, jogging, natación...) puede ser de gran ayuda en el tratamiento de las depresiones.

La exposición a la luz intensa tiene un efecto antidepresivo. En nuestro país abunda el sol. En países nórdicos emplean cámaras de luz artificial donde colocar a los pacientes en sesiones de 30 a 120 minutos.

Las depresiones, aún las leves, dejadas a su aire tienden a empeorar. Algún tipo de tratamiento es mejor que ninguno.


Fuente: MedicinaXXI

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¿El vaso medio lleno o medio vacío?
Montse
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El poder del pensamiento en positivo
La mente es demasiado poderosa como para minimizar el efecto de nuestras ideas e intenciones sobre la realidad. De cómo y por qué aquello que pensamos determina en gran parte lo que nos sucede.


17 SEP 07

"El optimismo es aprendido –asegura Andrés López Pell, psicólogo, director de la Fundación para la Salud y la Educación (Funsaled) y autor de investigaciones sobre el tema–. Por lo tanto, se mejora a través de distintos recursos, entre ellos, la psicoterapia. Se puede traer un bagaje genético que marque una tendencia o la influencia de aspectos de crianza, pero todo es modificable. El optimismo no es ingenuidad ni fantasía: es un conjunto de expectativas respecto del futuro que nos permite interpretar verazmente la realidad. Si la canoa se está hundiendo, se está hundiendo. El punto es no llorar, sino intentar nadar (o aplicar otro recurso, que siempre existen) para ponerse a salvo."

Hugo Hirsch, director del Centro Privado de Psicoterapias (CPP), dice que ver el vaso medio lleno o medio vacío no es otra cosa que un hábito, y que un hábito es algo que podemos cambiar. "Se puede aprender a ver lo positivo de cada situación –dice Hirsch, un psicoterapeuta de larga trayectoria–. Hay personas que lo logran más fácilmente que otras; existen aquellos que lo hacen naturalmente, pero todos podemos entrenarlo por medio de distintos métodos, por ejemplo, la autoconciencia y el autoconocimiento, aprendiendo a identificar pensamientos negativos y cuestionándolos. Si tenemos en claro la propensión hacia el pensamiento negativo, somos conscientes de la dificultad para ver lo positivo. Es un buen inicio."

La búsqueda del bienestar (o de la felicidad) es una meta que parece haber nacido con el ser humano. Tema filosófico por excelencia –desde los griegos, primer escalón reflexivo de la cultura occidental, distintas escuelas y corrientes sumaron aportes sobre el tema–, su status científico fue sin embargo bastante relegado: hasta podría decirse que ciertas disciplinas arrojaron la propensión humana al bienestar o la felicidad a la estantería de los temas menores.

Beatriz Vera Poseck, licenciada en psicología por la Universidad Complutense de Madrid, escribe que durante muchos años la psicología se centró exclusivamente en el estudio de la patología y las debilidades del ser humano, y que esta perspectiva la convirtió en algo así como una "ciencia de la victimología", como si el estudio de la "parte positiva" de la existencia humana no tuviera (casi) sentido.

Sin embargo, cuando, en 1998, asumió como presidente de la Asociación Americana de Psicología, el psicólogo estadounidense Martin E. P. Seligman, nacido el 12 de agosto de 1942 en Albany, dio un contundente giro al estado de las cosas. Nacía así la psicología positiva.

Un golpe de timón
"Después de 25 años de estudiar la depresión, Seligman dijo basta –explica Hugo Hirsch–. Entonces comenzó a preguntarse por qué había muchos que, en lugar de deprimirse, eran o intentaban ser felices. Advirtió que desde fines de la Segunda Guerra Mundial, o quizás antes, todas las disciplinas vinculadas con la salud mental se habían ocupado únicamente de lo que andaba mal, de recuperar lo roto, por decirlo de alguna manera, pero poco y nada se había investigado para trabajar con lo bueno."

Hirsch plantea que la psicología positiva se orienta al hallazgo empírico de aquellos elementos que contribuyen al bienestar, la felicidad, la realización personal. "Por ejemplo –enumera–, las características familiares que tienen aquellos hogares con niños más sanos, o cómo incide el sentimiento de esperanza en el proceso de curación de las enfermedades. No es una escuela, no hay un único modelo, lo que sí existe es una búsqueda de investigaciones científicas que demuestren cómo es posible que alguien desarrolle una virtud. Se parte de un supuesto: que podemos ser felices, y se busca identificar factores que conduzcan a eso y producir material científico con evidencia empírica que permita que cualquiera los utilice. Por ejemplo, está demostrado científicamente que la actividad física regular mejora el estado de ánimo. Es bien práctico; la información les sirve tanto al profesional de la salud como al lego. Es una reacción al énfasis de más de 50 años de búsqueda de solución de la patología: más que identificar debilidades se busca señalar fortalezas y trabajar sobre ellas. Y es más probable que se consigan resultados trabajando sobre fortalezas que sobre debilidades."

Todo ser humano (sí, cada una de las personas que habitan este planeta) tiene un conjunto de fortalezas personales según Seligman: curiosidad, amor por el conocimiento, pensamiento crítico, ingenio, perspectiva, valentía, perseverancia, honestidad, vitalidad, amor (capacidad de amar y ser amado), generosidad, distintos tipos de inteligencia, sentido de la justicia, capacidad de liderazgo, don de perdonar, modestia, prudencia, autocontrol, aptitud para apreciar la belleza, disposición para agradecer, optimismo, sentido del humor, espiritualidad.

Y en tanto los tratamientos psicológicos habitualmente se focalizan directamente sobre los problemas que aquejan a la persona, Seligman postula que la psicoterapia positiva es una "estrategia de amortiguación", en la que el diálogo con el terapeuta se centra en incrementar las emociones positivas, las fortalezas, en lugar de las carencias. Accediendo a la página web del instituto que dirige, es posible conocer este conjunto de cualidades, además de (previa registración, totalmente gratuita) tomarse autotest y trabajar sobre ellas ( http://www.authentichappiness.sas.upenn.edu/questionnaires.aspx " ).

"Pero la psicología positiva se vincula también con el concepto de resiliencia –agrega Hugo Hirsch–, que ha sido tomado de la física, y es la capacidad de los materiales de regresar a su estado inicial aunque hayan sido completamente alterados. Pero si lo utilizamos en psicología o en cualquier otra ciencia humana, resiliencia quiere decir más que eso, y es, por ejemplo, la capacidad que muestran las personas, por caso muchos niños, para atravesar circunstancias por demás difíciles o trágicas y salir fortalecidos de eso. Todos estos años aprendimos mucho sobre factores de riesgo. Sin embargo, olvidamos que un factor de riesgo no es necesariamente una condena."

Pensar, un arma poderosa
¿De qué se nutre un pensamiento? Según Andrés López Pell, "lo que se cree de las cosas es muchas veces una idea infundada que se adquirió a lo largo de la vida sin saber bien ni cuándo ni cómo, y que probablemente nunca haya sido sometida a un análisis racional. Seligman afirma que a menudo muchas de las creencias son prejuicios y, por lo tanto, sumamente inútiles. La indicación es tomar distancia de las explicaciones pesimistas, al menos hasta verificar su certeza".

El método propuesto por el creador de la psicología positiva consiste en un diálogo interno con uno mismo que permite discutir (sin intermediarios) acerca de la evidencia, las alternativas, las implicaciones y la utilidad de la creencia pesimista que la persona presenta y que habitualmente es un obstáculo para su propio bienestar. "Uno tiene que actuar como un detective, buscando evidencias de esa creencia", ironiza López Pell. "Aunque se obtengan pruebas que apoyen esa creencia –agrega el psicólogo–, generalmente la realidad estará a favor de rebatirla porque las ideas pesimistas tienen un punto débil: suelen exagerar algún aspecto de la realidad y los hechos pueden poner de manifiesto esas distorsiones, generalmente asociadas a explicaciones catastróficas. Los acontecimientos son siempre multideterminados, y las personas pesimistas suelen aferrarse a las explicaciones más negativas; por eso, la tarea consiste en desechar esa costumbre destructiva y habituarse a generar pensamientos más realistas y lógicos."

Hirsch explica que lo típico del pensamiento pesimista, según Seligman, es considerar: "Lo que me pasa de malo es lo único que me pasa, abarca toda mi vida, va a durar para siempre y yo soy responsable o culpable de eso".

¿Y cómo garantizar que la influencia de los aspectos inconscientes no atenten contra la intención de modificar nuestros patrones negativos de pensamiento? "Durante mucho tiempo –explica Hugo Hirsch– se puso tanto énfasis en lo inconsciente que les hemos restado demasiada importancia a los aspectos conscientes, que son los voluntarios. Pensar en términos positivos nos dispone a que algo salga razonablemente bien. Podemos ampliar nuestro margen de conciencia perfectamente. La felicidad depende más de desarrollar ese margen y, con esa conciencia, hacer algo. Porque de poco o nada sirve entender y entenderse sin autogestión: el autoconocimiento sin autogestión no sirve para nada. Tengo que conocer mis recursos, pero también saber cómo administrarlos."

Más sanos, más longevos
Diversos estudios científicos demuestran que de la mano del pensamiento positivo se suma mejor salud física y emocional. Andrés López Pell explica que una investigación realizada entre pacientes de la institución que dirige junto a Alexis Kasansew reveló que aquellos que habían incrementado su nivel de optimismo sufrían menos somatizaciones: malestar estomacal, taquicardia, náuseas, sensación de ahogo: "Toda la sintomatología que corresponde al estilo somático –dice López Pell–. Estas personas suelen ser más pesimistas, tienen peores expectativas sobre el futuro; responden al tipo de gente que cuando se divorcia, por ejemplo, cree que estará solo para siempre y, de ese modo, genera un círculo vicioso, una autoprofecía que posiblemente se cumplirá".

Pensar en positivo también nos hace más longevos. Un estudio de la Universidad de Yale, en Estados Unidos, encabezado por la doctora Becca Levy y realizado durante varias décadas sobre más de 600 personas mayores de 50 años, demostró que aquellos con una disposición más positiva hacia el envejecimiento vivían más tiempo (hasta un promedio de 7,5 años) y libres de enfermedades típicamente asociadas a la vejez.

En este sentido, la doctora Martina Casullo, directora del Departamento de Psicología de la Universidad de Palermo, profesora emérita de la UBA e investigadora principal del Conicet, dice que a menudo hacemos una asociación inmediata entre la vejez y el deterioro, "cuando también puede ser sinónimo de sabiduría; ¿por qué no mirarla también de esta manera?".

Casullo coordinó durante los dos últimos años el 1º y el 2º Encuentro Iberoamericano de Psicología Positiva en nuestra ciudad, organizado por la Universidad de Palermo, y que contó con la asistencia de más de un centenar de especialistas de todo el continente. "Seligman envió a un delegado, James Pawelski, que es hispanohablante, para que asistiera a la reunión de este año–comenta la psicóloga, sin disimular su entusiasmo– y el año pasado él mismo prologó la edición especial de la revista Psicodebate, que edita la Universidad, dedicada completamente a artículos sobre psicología positiva." (Psicodebate 7, revista de Psicología, Cultura y Sociedad de la Universidad de Palermo, Buenos Aires, 2006).

La especialidad del planteo no radica en lo "novedoso" de las ideas: el propio Martin Seligman dice que la psicología positiva no descubre nada nuevo en realidad, nada muy diferente de lo que el sentido común nos puede enseñar.

Temas olvidados
Martina Casullo plantea que en este inicio del siglo hay dos ejes que dominan el ambiente de la reflexión sobre la condición humana. "Uno es el respeto al aporte de las neurociencias –dice la psicóloga– y otro, el enfoque sociocultural. Hoy está demostrado que el medio ambiente no es sólo estresor y negativo, sino que también puede influir positivamente en el individuo. La psicología positiva de hace eco de este espíritu de época y recupera temas que han sido olvidados a pesar de que tienen una importancia central en el bienestar de las personas: entre éstos, los valores, que constituyen en buena parte el capital psíquico del sujeto y que lo ayudan a buscar el bienestar a partir de sus posibilidades, de sus propios recursos. Si se trabaja desde allí, es posible que las expectativas sean más reales para cada uno de nosotros y enfrentemos menos frustraciones."

Casullo dice que un tema al que la psicología positiva da especial énfasis es la capacidad de perdonar. "Y no hablamos del perdón como sinónimo de reconciliación, o de anular la demanda ante una ofensa o un delito. Es, en realidad, un trabajo de autoperdón para lograr que la propia persona no se sienta culpable. El desarrollo de la capacidad de perdonar debería integrar programas de promoción y prevención de la salud, porque son muchas las personas que podrían beneficiarse si tuvieran la posiblidad de hablar y reflexionar sobre el tema."

La psicología positiva también enfoca su mirada hacia la influencia que tienen aspectos tales como la religiosidad, la vida cultural, la gratitud, el sentido del humor y la autoestima, o las estrategias puestas en marcha frente a los duelos, en la calidad de vida de los colectivos sociales, y ocupa buena parte de las investigaciones el estudio de cómo poblaciones de alto riesgo logran enfrentar (y superar) las negativas condiciones de vida que les tocan, es decir, la resiliencia.

Martina Casullo comenta que el enfoque de la psicología positiva tiene especial aceptación entre sectores medios y bajos, "por la necesidad concreta de sobrevivir en ambientes más adversos –reflexiona–. Por ahora, para sectores más ligados a lo intelectual no se trata de un pensamiento de primera línea… Se lo ve facilista o simplista, se lo asocia a la new age sin tener en cuenta que se gestó y se está desarrollando en ámbitos académicos y científicos, y tampoco se tiene en cuenta lo más importante: que contempla temas esenciales de la vida, que recupera lo mejor de la psicología humanística y existencial y de la psicología social".

El secreto radica, todo parece, en desarrollar recursos que apunten a la prevención y que permitan que cada persona enfrente mejor y más dotada con sus recursos, reconociéndolos, su propio proyecto de vida.

"El balance de lo que se hizo durante el siglo XX es negativo –dice Martina Casullo, ensayando una sonrisa que oscila entre el realismo más cruel y la tímida esperanza–. No hacen falta ni más resentimientos y ni más broncas. Tenemos que tener un propósito, y este enfoque puede ayudarnos a ir tras él."

La paradoja de Seligman
Parece mentira, pero el hombre que firmó el acta fundacional de la psicología positiva pasó más de la mitad de su vida estudiando la depresión: Martin E. Seligman, director del Centro de Psicología Positiva de la Universidad de Pensilvania, EE.UU, desafió a sus colegas y, tras haber sido nombrado presidente de la Asociación Americana de Psiquiatría, en 1998, destinó todos sus esfuerzos al desarrollo de una tendencia que algunos ya consideran escuela y que, aseguran, gana adeptos día a día.

“Seligman pasó muchos años de su vida estudiando cómo las personas que sufren depresión llegaban a un estado que llaman de desamparo aprendido y que consiste básicamente en considerar que no tienen ninguna alternativa viable para cambiar esa situación –explica Andrés López Pell–. En determinado momento, invirtió sus preguntas y comenzó a buscar respuestas acerca de cómo existían sujetos que, aun sometidos a los peores estresores y situaciones difíciles, siempre eran capaces de salir adelante.

Seligman fue uno de los primeros investigadores en demostrar, por ejemplo, que, alcanzado cierto nivel mínimo que garantice la cobertura de las necesidades básicas, tener mayor dinero no es un pasaporte hacia la felicidad. Y de esto, fundamenta, dan fe los estudios sobre la depresión en sociedades económicamente desarrolladas y opulentas.

Seligman plantea que existen tres tipos de felicidad, aplicados a tres niveles de vida diferentes: “La vida placentera, la vida buena y la vida con sentido –dice–. Para alcanzar el primer tipo de felicidad debemos intentar disfrutar de los mayores placeres posibles y echar mano de métodos que nos permitan saborearlos y disfrutarlos mejor: compartirlos con los demás, aprender a describirlos y recordarlos, y usar técnicas como la meditación para ser más conscientes de esos placeres. El segundo nivel, mucho menos superficial y pasajero, es lo que Aristóteles llamó eudaimonia y que ahora denominamos flow, o estado de flujo, y que consiste en encontrar las propias virtudes y los talentos, y ponerlos a nuestro servicio, viviendo experiencias que nos dejen absortos, fuera del tiempo. Finalmente, la vida con sentido supone encontrar alguna causa, motivo o tarea más grande que uno mismo, estar el servicio de los demás de alguna forma, y es la que permite una felicidad más profunda y duradera.”

Para pensar en positivo
Tener en cuenta estas claves pueden ayudar a reformular nuestra forma de sentir, pensar y actuar.

1.- Evitar las ideas del tipo “todo o nada”. La realidad no es “blanco y negro” o “buena o mala”. Si pensamos en esos términos, somos rígidos y no damos lugar a matices o puntos de vista.

2.- No generalizar demasiado. Alguien mintió o no acudió a la cita, pero eso no significa que ocurra en todos los casos. Conclusiones que comiencen con “siempre” o “nunca” suelen conducir a exageraciones.

3.- No focalizar en el peor detalle. Las situaciones tienen distintos puntos de vista. Si elegimos centrarnos en lo peor, todo se verá mal. Por ejemplo, dar más importancia a críticas que a elogios.

4.- No minimizar lo bueno. Siempre hay algo positivo para destacar. Si lo pasamos por alto o lo desvalorizamos, perdemos la oportunidad de apreciar sus ventajas.

5.- Por menos o por más. Nos equivocamos tanto cuando exageramos la importancia de un problema como cuando minimizamos nuestras capacidades para afrontarlo.

6.- Evitar las predicciones. Ante indicios confusos o que nos despiertan ansiedad, anticipamos la peor conclusión. Pensar que algo saldrá mal incide en su resultado.

7.- Decir “no” a las suposiciones. En nuestra comunicación cotidiana es frecuente que creamos que otro (amigo, pareja, compañero) piensa o siente de un modo. ¿Cómo sabemos que es así? Preguntar es mejor que suponer.

8.- Huir de la victimización. Frases o sentimientos como “¿por qué me toca siempre a mí?” o “siempre tengo mala suerte” o “¿por qué a los otros sí y a mí no?” nos alejan de la responsabilidad sobre nuestros actos.

9.- No poner ni ponernos etiquetas. Al equivocarnos, no toda nuestra persona merece ser descalificada; y algo similar ocurre cuando otros cometen errores. No es lo mismo decir “esto lo hice” que “soy un tonto”. Pero atención: tampoco responsabilizar a los demás por errores propios.

10.- Poner límites a la propia responsabilidad. Si nos creemos responsables de cada problema (una separación, un hijo que desaprueba, etc.) sólo sentiremos culpa. Esta idea, sin embargo, oculta otra, más negativa aún: creer que todo está bajo nuestro control.

Lucha siempre
Me ha ocurrido muchas veces que he dejado a un amigo o conocido en condiciones desastrosas, ya de salud, económicas o de trabajo. Y me he preguntado con miedo cómo habría hecho para resistir, en qué habría acabado su situación. Y muchas veces, reencontrándolo después de años, he descubierto que estaba bien, alegre, lleno de vida, con una nueva actividad, a veces con una nueva esposa o un nuevo marido. Y he entendido que, en realidad, no podemos decir que la vida de una persona está acabada, porque todos poseemos enormes capacidades que no utilizamos y la vida siempre nos ofrece una nueva oportunidad, antes impensable. Pero se ponen en juego cosas muy profundas. Cuando estás duramente derrotado, o cuando enfrentas una enfermedad mortal, te alejas de la realidad, te repliegas en ti mismo; es un poco como su estuvieras muerto. Y cuando te recuperas, cuando te curas, es como si te fuese dada una segunda vida, y te invade un deseo febril de hacer, de tener nuevas experiencias. Un amigo mío, que se recuperó de un tumor considerado incurable, se compró un bellísimo barco con el que sale a navegar por el Mediterráneo. Otro ha escrito un libro que ha tenido un éxito inesperado. Una amiga se ha hecho famosa haciendo publicidad, otra ha adoptado un niño, una tercera simplemente se ha dedicado a gozar de las cosas bellas: un baño en el mar, su jardín, un viaje, una fiesta, y cuando hablas con ella te serena. Por eso nunca hay que decir : “No hay nada que hacer”; “qué se le va a hacer, no puedo tener hijos”; “qué se le va a hacer, no me gradué”; “qué se le va a hacer, me llegó la menopausia”; “qué se le va a hacer, estoy jubilado”. No tiene sentido: es como decir “qué se le va a hacer, se terminó la liquidación”. Si la liquidación se terminó, hay otras infinitas posibilidades de compras. Y no hay que perder tiempo en lamentarse de no tener más esto o aquello, ni de rumiar nuestros errores o las maldades que han cometido los demás. Errores cometemos todos y todos padecemos las maldades ajenas. No se trata de ser optimista solamente: tenemos que hacer las cosas que nos gustan, que nos estimulan, e ignorar las demás. No hables con los que te resultan antipáticos, con los que te irritan, y no veas películas que no te interesan; evita los programas de televisión que te fastidian. Y si encuentras algo que realmente tiene valor, lucha por realizarlo. Debes estar tan vivo a los noventa años como a los veinte. Y lucha sin miedo, con placer, con el gusto de hacer algo como si fuera una competencia de esquí, o de tenis o una maratón.

El arte de fluir
En el libro Pensamiento positivo (RBA Libros), Miriam Subirana y Ramón Ribalta explican que la modificación de viejos hábitos o creencias es la clave para transformar nuestros patrones de pensamiento. Las motivaciones, las visualizaciones, las afirmaciones positivas y la meditación, definida como “el poder del pensamiento concentrado”, son buenas herramientas. La meditación, desafían sus adeptos, no tiene nada de complicado. Se puede comenzar repitiendo palabras sencillas (“amor”, “paz”, “luz”), en voz alta o en silencio, durante lapsos de 10 a 20 minutos, en lugar y situación tranquilos, cómodamente ubicados, respirando en forma pausada y consciente. El fenómeno está lo suficientemente estudiado y los resultados son contundentes: por derecho y por revés, meditar hace bien.

Subirana y Ribalta dan ejemplos de pensamientos innecesarios (generalmente referidos al pasado; por ejemplo: “Si hubiera estado ahí no habría sucedido esa desgracia”), negativos (del tipo “todo va a salir mal”), y en tanto dicen que esta clase de pensamientos –más allá de la razón que uno tenga acerca de lo que expresan– nos vuelven perdedores porque estimulan un estado de “polución mental”, un pensamiento positivo, por sencillo que sea, siempre genera un beneficio… y no daña a nadie.

Simon Reynolds, en Mejor que el chocolate (Ed. V&R), enumera 50 técnicas para ser más felices: registrar qué cosas nos hacen bien, practicar actividad física, ser disciplinados, agradecer, reír, dormir mejor, tener metas altas, cultivar la amistad, no hacer del dinero la prioridad de la vida, expresar el cariño, mantenernos ocupados, tener un propósito vital. Reynolds explica el concepto de “fluir” (flow), introducido por el psicólogo de origen húngaro (y apellido impronunciable) Mihaly Csikszentmihalyi, uno de los aportes más importantes para explicar las claves del disfrute. El fluir consiste en realizar una actividad con cierto nivel de complejidad, ver claramente que avanzamos en ella, usar en eso toda nuestra concentración, y sentir que tenemos el control.

Los expertos aseguran que cuanto más “fluimos” más felices somos. ¿Y cómo?
El propio Martin Seligman da ejemplos de fluir. Dice que él es jugador de bridge, un entretenimiento muy común entre los estadounidenses mayores. “El promedio de edad de quienes participan en los torneos es de 70 años, una época de la vida en que es frecuente sentir dolores y molestias físicas –reflexiona–. Sin embargo, ninguno de ellos se queja de nada mientras juega. Están completamente absortos en lo que hacen, se olvidan de todo.”

El propio bienestar
En 1984, el psicólogo Edward Diener, de la Universidad de Illinois, EE.UU, elaboró una escala de medición del propio bienestar.

Sólo lleva unos minutos y puede orientarnos acerca de cuán conformes (o no) estamos con nuestra propia vida. A continuación, cinco afirmaciones con las que puede estar de acuerdo o no.

Utilizando esta escala de 1 a 7 indique su grado de acuerdo con cada frase colocando a continuación de ella el número apropiado.

1. En total desacuerdo
2. En desacuerdo
3. Ligeramente en desacuerdo
4. Ni de acuerdo ni en desacuerdo
5. Ligeramente de acuerdo
6. De acuerdo
7. Totalmente de acuerdo

a) En la mayor parte de los aspectos, mi vida está próxima de mi ideal
b) Las condiciones de mi vida son excelentes
c) Estoy satisfecho/a con mi vida
d) En gran parte, he logrado las cosas importantes que quería en la vida
e) Si pudiera vivir mi vida otra vez, no cambiaría casi nada de ella

Puntuaciones:

31 a 35: extremadamente satisfecho con su vida
26 a 30: muy satisfecho
21 a 25: ligeramente satisfecho
20: punto neutral
15 a 19: ligeramente insatisfecho
10 a 14: insatisfecho
0 a 9: extremadamente insatisfecho



Fuente: Intramed.net

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La felicidad favorece el sistema inmunológico
Montse
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Hola gente,

Os dejo otra noticia relacionada... en el fondo todas dicen prácticamente lo mismo, pero a veces va bien repetirnos a nosotros mismos ciertas cosas, no?

Besos y a estar bien
Montse


La felicidad favorece el sistema inmunológico y la tensión mina la salud

Un estado positivo es fundamental porque las funciones del organismo responden mejor ante cualquier agresión externa. Cuando nos invaden las emociones negativas, el cortisol (la hormona del estrés) aumenta y actúa como un inmunosupresor importante. Si hay una insatisfacción crónica prolongada, se pueden desarrollar procesos tumorales, algo que está relacionado con un sistema inmune alterado. El cortisol es segregado en situaciones de tensión física y emocional, y su alta concentración favorece la aparición de la obesidad abdominal, la hipertensión, la diabetes tipo II y los trastornos autoinmunes, entre otros.

INFOSIERRA/barcelona-4 de noviembre DE 2007

Una actitud positiva refuerza nuestro sistema inmunológico, según determinan los últimos estudios realizados al respecto, reforzados por la opinión de los expertos. Como hace la Dra. Ascensión Marcos, Profesora de Investigación del Consejo Superior de Investigaciones (CSIC) al afirmar que un estado positivo “es fundamental porque las funciones del organismo responden mejor ante cualquier agresión externa”.

Cada vez son más las evidencias científicas que apoyan este comentario, como demuestra un estudio publicado en 2005 en la revista “Proceedings of the Nacional Academy of Sciences”, que todavía sigue siendo una referencia en el análisis de los efectos de la felicidad en la salud. Andrew Steptoe, James Wardle y Micheael Marmot, del departamento de epidemiología y salud pública del University College de Londres, UCL, decidieron medir la felicidad desde el punto de vista puramente biológico con el objeto de determinar su incidencia en la salud, que resultó crucial.

Ánimo positivo y reducción de problemas
Los científicos hicieron el experimento con 216 voluntarios, incluyendo 116 hombres y 100 mujeres de origen europeo, todos entre 45 y 59 años de edad y sin historial de enfermedad coronaria o tratamiento de hipertensión. Les tomaron la presión arterial antes de cada medición y pruebas de saliva para medir el cortisol (la hormona del estrés), les monitorizaron el ritmo cardiaco, aplicaron un test psicológico para identificar desórdenes psiquiátricos y los sometieron a pruebas controladas en laboratorio para medir el estrés en respuesta a estímulos mentales.

El estudio concluyó que el estado de ánimo positivo está relacionado con la reducción de problemas neuroendocrinos, inflamatorios y cardiovasculares, y el fortalecimiento del sistema inmunológico.

El coretisol se segrega en momentos de tensión
En la medición jugó un papel importante el cortisol como indicador de salud. Esta hormona es segregada en situaciones de tensión física y emocional, y su alta concentración favorece la aparición de algunas enfermedades, entre ellas, la obesidad abdominal, la hipertensión, la diabetes tipo II y los trastornos autoinmunes. A partir de esto aparecieron las primeras sorpresas de la investigación: las personas con actitudes neutras o tristes presentaron el nivel de cortisol un 32% más alto que aquellos que dijeron sentirse más satisfechos o felices. Un porcentaje significativo que, según el estudio, si persiste durante meses o años podría ser un riesgo para la salud.

Para nadie es un secreto que altos niveles de cortisol son característicos de algunos estados depresivos, pero los investigadores británicos destacaron que no estar feliz provoca un efecto similar.

“La actitud positiva se canaliza en nuestro organismo a través del buen funcionamiento de las células y tejidos. Una mentalidad adecuada fortalece el sistema inmunológico. Y, al contrario, cuando hay actitud negativa, el cortisol aumenta y es un inmunosupresor importante”, añade la Dra. Marcos.

Una dieta equilibrada favorece un ánimo positivo y la buena salud
En este sentido, la alimentación, una dieta equilibrada y adecuada, también sustenta un ánimo positivo y, en consecuencia, favorece la buena salud. “Se podría hablar de un trinomio compuesto por alimentación-felicidad-salud. Lo conseguiremos comiendo bien, siempre y cuando se esté bien educado nutricionalmente. Ésta es la clave para comer lo adecuado y de este modo, mantener o mejorar la salud. Cuando confluye el gusto por la comida con la ingesta de unos alimentos saludables, las endorfinas se disparan y la sensación de satisfacción aumenta”, explica la experta.

El estrés, asociado comúnmente a las sociedades occidentales, actuaría como un medidor negativo de los marcadores de felicidad y de salud. “Hay que tener en cuenta que la insatisfacción crónica durante mucho tiempo llega a poder desarrollar procesos tumorales, algo que está relacionado con un sistema inmune alterado”, concluye la Dra. Marcos.


Fuente: Infosierra de Madrid

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¿De verdad funcionan los antidepresivos?
Montse
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Un estudio pone en duda la eficacia de los antidepresivos de nueva generación

Afirma que en el caso de depresiones leves o moderadas no tienen ningún efecto terapéutico

27 de febrero de 2008

Los antidepresivos de nueva generación tienen más un efecto psicológico que otra cosa. Así lo afirma un estudio realizado por investigadores del Reino Unido, Estados Unidos y Canadá, que examinaron todos los datos existentes sobre ese tipo de sustancias, incluidos los de pruebas clínicas que los laboratorios no publicaron en su día.


Según este trabajo, la nueva generación de antidepresivos tiene, en el caso de depresiones leves o moderadas, el mismo efecto que un placebo (sustancia que carece de acción terapéutica), y su incidencia en situaciones más graves es relativamente pequeña, cuando no directamente inexistente.

Los científicos realizaron 47 ensayos clínicos, examinando tanto los datos hechos públicos por las compañías farmacéuticas como los no mostrados públicamente. Irving Kirsch, del departamento de Psicología de la Universidad de Hull (Inglaterra), que participó en el estudio, dice que "la diferencia en la mejora entre los pacientes que toman placebos y los que toman antidepresivos no es muy grande". Esto quiere decir, según Kirsch, que la gente con depresión puede mejorar sin tratamientos químicos. "Dados los resultados, parece poco razonable recetar medicación antidepresiva, salvo en casos graves y si los tratamientos alternativos no funcionan", explica.

El National Institute for Health and Clinical Excellence, del Reino Unido recomienda a los facultativos que intenten otros métodos antes de comenzar a prescribir antidepresivos. Tim Kendall, director adjunto de la División de Investigación del Royal College of Psychiatrists, afirma que los laboratorios publican, por lo general, sólo aquellos estudios que arrojan una luz positiva sobre sus productos.

Desde la Asociación de la Industria Farmacéutica británica reconocen que en muchas situaciones puede estar implicado el efecto placebo, sobre todo en el tratamiento de pacientes con depresión leve, pero precisan que los antidepresivos tienen una actuación real que va más allá de la autosugestión.

Por su parte, GlaxoSmithKline y Eli Lilly, laboratorios que producen "Seroxat" y "Prozac", respectivamente, alegan que el estudio ha tenido sólo en cuenta una pequeña parte de la información disponible, y que la experiencia científica y médica ha demostrado que los antidepresivos son efectivos.

Control del humor
La nueva generación de antidepresivos actúa aumentando en el cerebro los niveles de serotonina, una sustancia química que controla el humor, e incluye medicamentos como la fluoxetina ("Prozac"), la paroxetina ("Seroxat") y la venlafaxina ("Efexor").

Sin embargo, el estudio indica que ese efecto sobre el humor se consigue también con placebos, que los pacientes tomaron pensando que era medicamento real y notaron mejora por el efecto psicológico de estar convencidos de que esos productos les iban a ir bien.

En cualquier caso, los autores de la investigación recomiendan a las personas que estén tomando antidepresivos que no dejen de hacerlo sin consultar antes a su médico.

- La nueva generación de antidepresivos controla el humor mediante sustancias como la fluoxetina (Prozac), la paroxetina (Seroxat) y la venlafaxina (Efexor).

- El equipo de la Universidad de Hull ha revisado 47 ensayos clínicos, examinando tanto los datos hechos públicos por las compañías farmacéuticas como los no mostrados públicamente, a los que se ha tenido acceso tras ganar en los tribunales la aplicación de la ley de Libertad de Información.

- Los autores del estudio aseguran que las personas que sufren depresión "pueden mejorar sin recurrir a ese tipo de tratamientos".

- GlaxoSmithKline y Eli Lilly, que producen Seroxat y Prozac, respectivamente, alegan que el estudio ha tenido sólo en cuenta una pequeña parte de la información disponible, y que la experiencia científica y médica ha demostrado que los antidepresivos son efectivos.

- Se estima que 40 millones de personas han recurrido al Prozac en todo el mundo, lo que ha supuesto ingresos millonarios para los laboratorios Eli Lilly.

- Aunque la patente caducó en el 2001, la sustancia utilizada en ese fármaco, la fluoxetina, sigue generando ingresos para la empresa, ya que ahora es un ingrediente activo de Sarafem, píldora utilizada en el tratamiento del llamado "síndrome premenstrual".



Fuente: Consumer.es

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mariaje
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Sólo añadir que es SÓLO para casos leves de depresión. El efecto placebo, libera la cantidad de sustancias (nuerotrasmisores) al igaul que si se tomara la medicación "real", aunque también da mismos resultados para estos casos el deporte.
Ya se ha usado para combatir el dolor de determinadas enfermedades, y es que la sugestión....


Placebo, mejor cuanto más caro
JANO.es y agencias · 05 Marzo 2008 15:21


Un estudio con 82 voluntarios muestra una mayor efectividad del efecto placebo cuando los individuos creen que se trata de un fármaco más costoso




El precio del medicamento también actúa como placebo, según sugiere un estudio del Instituto de Tecnología de Massachusetts (Estados Unidos) que se publica en "JAMA".

Los investigadores utilizaron un protocolo estándar para la aplicación de descargas eléctricas suaves en la muñeca de los participantes con el fin de medir la tasa subjetiva de dolor. Los 82 participantes del estudio fueron evaluados antes y después de que se les administrara un placebo.

A la mitad de los participantes se les proporcionó un folleto en el que se describía la píldora como un recién aprobado analgésico que costaba 2,5 dólares y a la otra mitad otro folleto que lo describía como un producto que costaba 10 céntimos, sin que se explicaran los motivos.

En el grupo del precio del medicamento más elevado, el 85% de los sujetos experimentaron una reducción del dolor después de tomar el placebo. En el grupo de bajo precio, el 61% de los participantes declaró sentir menos dolor. El hallazgo, a partir de un experimento relativamente simple y pequeño, plantea un buen número de cuestiones, señala el Dr. Dan Ariely, principal autor del estudio.

A juicio de este investigador, "los especialistas quieren creer que es el medicamento y no el entusiasmo sobre un fármaco en particular lo que hace que sea más eficaz terapéuticamente, pero ahora tenemos que preocuparnos sobre los matices de la interacción entre pacientes y médicos".

Según el investigador, los resultados se corresponden con datos existentes que se refieren a cómo perciben las personas la calidad y cómo anticipan los efectos terapéuticos. Pero lo que resulta más interesante, según el Dr. Ariely, es la combinación de la expectación del consumidor sensible al precio con el efecto placebo que provoca creer que un medicamento funciona. "El efecto placebo es una de las fuerzas más fascinantes y menos aprovechadas del universo", apunta.

http://www.jano.es/jano/ctl_servlet?_f=11&iditem=1889&idtabla=1

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Airun
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Muchísimas gracias por vuestra información, pienso que es de gran ayuda todo lo que nos has informado en este foro, no lo había visto antes, y me alegro de haber entrado aquí, espero ir descubriendo cada día cosas tan interesantes como éstas que he leído.

Quiero dejar un vídeo para que pensemos siempre en positivo y que cuando tengamos momentos bajos, al verlo nos sirva un poquito para levantarnos el ánimo.

http://es.youtube.com/watch?v=3mcd5aQ43dU&feature=related

Un abrazo.
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Montse
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Hola gente,

Me parece muy interesante el libro ¿QUIEN ME ROBÓ MI ENTUSIASMO? del Dr. Ricardo Aranovich. Os dejo una entrevista del autor y un fragmento del libro.


Besos,
Montse



03 FEB 10 | Un libro del Dr. Ricardo Aranovich


"Usted no se siente bien, no está como en otros momentos de su vida, algo se le perdió en el camino. Las ganas de vivir y el entusiasmo lo abandonaron; se encuentra sin fuerzas, de muy mal humor e irritable..." ¿Hablará este libro de nosotros?

Un psiquiatra escucha historias en su consultorio durante muchos años. ¿De qué hablan sus pacientes? La capacidad de disfrutar de la vida ensombrecida por el modo en que la vivimos. La sombría tela de araña que nos separa de nuestros auténticos deseos. A medio camino entre la patología cultural y la clínica vivimos una época de entusiasmos flacos y obligaciones obesas. ¿Podremos encontrar el "remedio"? Para responder a éstas y otras preguntas IntraMed conversó con el Dr. Ricardo Aranovich.

En ¿Quién se robó mi entusiasmo? el doctor Ricardo Aranovich, médico psiquiatra, analiza en profundidad las principales características de una nueva forma de malestar causado por la crisis de valores y la forma de vida actuales. La denomina depresión sociocultural, aunque considera que no debe rotularse como enfermo a quien la padece. Para ello, señala las diferencias y similitudes con las otras formas de depresión, analiza numerosos casos clínicos y ofrece las claves para superar este cuadro cada vez más difundido.

¿Quién se robó mi entusiasmo? busca ayudar al lector a entender lo que le sucede (a él o a sus seres queridos) en tiempos de crisis, y brinda los conocimientos y recursos vitales para que logren reintegrarse a la corriente de la vida y, por fin, recuperar las ganas de vivir.

Fragmentos del libro
Autor: ARANOVICH, RICARDO Nacionalidad de la Edición:
Editorial: ATLANTIDA
ISBN: 978-950083687-6

Ganas de vivir
Usted no se siente bien, no está como en otros momentos de su vida, algo se le perdió en el camino. Las ganas de vivir y el entusiasmo lo abandonaron; se encuentra sin fuerzas, de muy mal humor e irritable. Nada parece valer la pena y usted vive como un condenado a seguir y seguir con algo que cada vez le cuesta más, sin nada en su futuro que le resulte atractivo. Usted cree ser quien era, pero no, ya no lo es aunque conserve su aspecto habitual y responda al mismo nombre; llevaba en su interior una llamita que daba luz, calor y vida y que ahora ya no está. Esa pequeña llama tenía un nombre: entusiasmo.

Antes de continuar, sepa usted que puede recuperar el entusiasmo y, aun más, a medida que su recuperación sea el resultado de su acción, aprenderá a controlar sus estados de ánimo y no estará expuesto, como hasta ahora, al azar incontrolable que lo zarandeó entre los escasos momentos de bienestar y los abundantes de malestar, con la consiguiente dificultad para darle un rumbo definido a su vida.

Por supuesto, es habitual atribuir este estado de situación a las diversas dificultades por las que atraviesa su existencia –¿económicas, familiares, sociales (inseguridad, corrupción)?– y está resignado a soportarlas estoicamente, aunque cada vez con menos esperanzas, hasta que suceda algo, lo que fuere, que reencauce su vida (cambiar de trabajo, de país, conocer a alguien). Es probable que haya tomado alguna decisión drástica para salir de este estado: un cambio de trabajo, la ruptura de una relación, una mudanza, verdaderos manotazos de ahogado que, como no nacieron de la reflexión, acarrearon más dificultades que soluciones.

Ahora bien, si mira a su alrededor verá que usted no es el único que ha experimentado ese cambio de humor: las salidas con los amigos ya no son lo que eran, ni los fines de semana tienen el mismo sabor. Esto no sucede sólo por usted ya que observa que los demás tampoco mantienen el espíritu de otros tiempos, al punto de preguntarse si tiene sentido continuar con ese tipo de programas o frecuentar a esas personas.
Ni qué decir sobre el ambiente en su casa que ha sufrido una modificación similar. Las conversaciones, ya sea con interlocutores habituales o circunstanciales, después de la segunda o tercera frase, derivan indefectiblemente hacia lo mal que está todo, el no saber adónde vamos a parar y el sinsentido incluso de la vida misma. En el trabajo, a veces sin relación con el rendimiento económico, experimenta una pérdida de la motivación, que otrora lo condujera a progresos que ahora siente que se le escapan de entre los dedos, y se pregunta si no será un caso de burnout o “quemado”.

Aun cuando, afortunadamente, usted no ha perdido el afecto por sus seres queridos, nota que en contra de sus más profundos deseos ha disminuido su capacidad de disfrutar de ellos, se angustia y tiene sentimientos de culpa cuando experimenta, en ocasiones, un cierto fastidio ante ellos.

Lo más extraño es que usted no es la excepción o, al menos, no lo siente así. Pareciera que la vida no va para mejor, a pesar de los impresionantes adelantos tecnológicos que anuncian que en cualquier momento llegaremos a Marte, que los nuevos aparatos científicos ya exploran con deslumbrante nitidez cualquier rincón de nuestro organismo o que, con un aparatito que cabe en la palma de nuestra mano, podemos comunicarnos con un residente en Japón, para sólo mencionar algunas de las numerosas maravillas que se nos ofrecen. Hay una expresión, dicha con creciente frecuencia, que da cuenta de este estado: “hoy en día…”, seguida de una lamentación o, simplemente, de un suspiro.

Si usted vive en Argentina, por ejemplo, encontrará servida la explicación y justificación de este estado. No le faltará razón pero, como se suele decir, ésta no le servirá de mucho. Cualquiera fuera la circunstancia en que aparece, lo imperioso es salir de ese estado. Por el contrario, recostarse en hechos desfavorables sólo acrecienta el fatalismo y la inacción. Además, como veremos más adelante, este estado es epidémico en lugares y países en los que la vida se desarrolla sin los contratiempos que enfrentamos por estas tierras.

Atención: Es probable que a usted no le suceda nada de esto. En ese caso sólo me cabe alegrarme por usted, felicitarlo calurosamente y decirle que, al menos por ahora, este libro no le atañe. No obstante puede ser útil la continuación de la lectura porque le permitirá conocer los factores que llevan a la depresión sociocultural y cómo prevenirla. Además, si en su entorno hay alguien en la situación que se describe, estará en condiciones de detectarlo y orientarlo. Desde ya que el cuadro que antecede y que continuaremos analizando comprende sólo a un creciente grupo de nuestra sociedad (por fortuna no a toda), porque el malestar es epidémico. Esta obra intenta llegar a los miembros de ese grupo creciente para ayudarlos a entender qué les sucede y ofrecerles conocimientos y recursos para que logren reintegrarse a la corriente de la vida y recuperar el entusiasmo.

Si usted se encuentra en la situación que se describe más arriba, alguien bien intencionado le dirá, con aire de revelación: “Vos estás deprimido, tenés una depresión, eso es una enfermedad que se cura, tenés que ir a ver a un psi(quiatra/cólogo). Mi (hermana, tío, socia, jefe) estaba peor que vos y ahora está fenómena(o)”.

Y allí parte usted, rumbo al consultorio más cercano. ¡Y lo bien que hace!, porque es probable que la medicina o la psicología lo ayuden ¡pero a qué precio! (No me refiero a la consulta ni a los medicamentos, aunque también pesan.) Pagará el precio del rótulo de depresivo, no por el prejuicio, hoy casi inexistente, sino porque cambia el modo como usted se piensa a sí mismo y eso conspira contra su total recuperación: usted pasará a pensarse como enfermo.

Si bien ya hemos dado a entender que se trata de un estado de desaliento que afecta a crecientes sectores de la población, en este caso ¿qué es? ¿Se trata de una epidemia o de otra cosa? En una palabra, ¿es un hecho del que tiene que ocuparse sólo la medicina o esta manifestación de desaliento generalizado se origina en un modo de vida inadecuado, en un fracaso de la cultura en su misión de sustentar la vida humana en condiciones satisfactorias? El resto de esta obra intentará responder a este interrogante y aportar orientación acerca de esta acuciante cuestión, cómo sobreponerse a ella y recuperar la iniciativa en esta verdadera lucha por la supervivencia.

“¡Usted exagera!”, me dirá el lector, “¡Supervivencia! De ‘mufa’ no se muera nadie”. Así es, sus pulmones seguirán respirando, su corazón seguirá latiendo, seguirá viviendo biológicamente. Pero la vida no es sólo biología, es también biografía. Y de una vida que se arrastra sin interés ni ganas, que es pura duración y malestar, no puede decirse con propiedad que sea vida humana. Para ser más gráfico, si se me permite, completaré la expresión: se trata de luchar por la supervivencia emocional o espiritual, la más crítica en estos tiempos.

Si usted se ve reflejado en las líneas que anteceden, puede estar cursando un estado depresivo de los que la medicina se ocupa y conoce, pero también es probable que esté sufriendo un estado muy parecido a una depresión, el cual difiere de los estados depresivos en su causa, tratamiento y prevención: se trata del estado de desaliento, efecto de un modo de vida cada vez más alejado de sus verdaderas necesidades. No obstante, ¡no se desanime!, no es necesario que cambie el mundo para sentirse mejor. Esta obra es un intento de mostrar una salida a esa situación, una salida que no es difícil de lograr.

Clásicamente la depresión es un estado anormal que presenta diferentes grados de intensidad y responde a más de una causa. Las intensidades varían desde una sensación de tristeza y falta de energía, acompañada de pérdida del disfrute y sentido de la acción, hasta un desesperante estado de postración total, en la que el deprimido no puede levantarse de la cama, inundado de angustia y desesperanza. En cuanto a la causa, digamos que no existe sólo una a la cual achacarle el trastorno, sino la posibilidad de clasificarla según las circunstancias de su aparición. En este sentido, hasta ahora se encuentran dos tipos de depresión: una se desencadena a partir de un acontecimiento penoso en la vida del sujeto, viene de afuera como reacción ante una pérdida o un fracaso, y recibe el nombre de reactiva; la otra surge sin motivo aparente, de golpe, de adentro, en ésta inciden más los factores biológicos del sujeto y recibe, en consecuencia, el nombre de endógena. En este último tipo se encuentran las de mayor gravedad. Sin embargo, también puede suceder, y es lo más probable, que no pueda reconocer ninguna de esas causas en su malestar. Esto nos ha llevado a postular un tercer tipo de estado depresivo, que suponemos el responsable de la actual “epidemia” depresiva y, por ende, el más numeroso: el malestar que nace de factores socioculturales.


Hipótesis de salida
Éste es el caldo de cultivo de la “epidemia”: una vida cada vez más insegura e incierta, con falta de reaseguros emocionales y sociales, donde el único salvavidas es el dinero y el éxito pero que, para lograrlos, hay que disponerse a luchar de un modo absolutamente individualista que, a su vez, agrava la inseguridad, el aislamiento y la carencia afectiva. La situación se parece a una trampa sin salida. La falta de éxito es la extinción y el éxito es la soledad. En reiteradas ocasiones he escuchado a algunas personas, que deberían de desbordar satisfacción y alegría por el modo como las trató la vida, decir una frase que también habrá oído alguno de los que leen estas líneas, frase dicha con expresión de extrema amargura: “Yo soy para mi familia solamente una libreta de cheques”. ¿Qué queda para quiénes no tienen siquiera esa posibilidad?

La salida reside en la afirmación de lo que verdaderamente somos y tenemos: nuestra propia vida. Lo más importante, entonces, es volcarnos hacia adentro de nosotros mismos y, buceando en nuestro interior, encontrar en nuestro fondo las fuerzas necesarias para la supervivencia. Esto señala un camino opuesto al que nos induce la situación de crisis. En el trans­curso de las crisis, se tiende a esperar que ocurra algo,
el milagro o la catástrofe, cualquier cosa que aclare la situación. Esto conduce a trivializar la vida, alejarse de lo que uno mismo en el fondo es y quiere y a aumentar la confusión general. La desorientación trae cada vez más desorientación. El que logra ponerse de acuerdo consigo mismo es quien puede volver a orientarse, separándose del barullo general y estableciendo con claridad y precisión sus auténticas metas, aquello que de verdad quiere, prefiere, le gusta y le parece que vale la pena. Con este simple recurso queda afuera del torbellino de la ambición sin sentido y el exitismo a cualquier precio y, por supuesto y “como si esto fuera poco”, se salva de la epidemia depresiva. Paradójicamente, la salida no es hacia afuera sino hacia adentro.

En ese vuelco hacia adentro se produce el encuentro con la verdadera, la única fuente de energía y entusiasmo, la propia fuerza de vida. Es necesario volver con todas las fuerzas a sentirse vivo, viviendo y viviente, sin condiciones ni metas impuestas. El propio deseo de vivir no es solamente la salida del problema sino la mejor manera de vivir, aunque no haya ningún problema.

Hasta aquí corremos el peligro de que nos tachen de caer en la misma insuficiencia de algunos textos del nuevo género literario: la autoayuda. Consistiría en ofrecer recetas ciertas, pero de cumplimiento casi imposible. Aliento la esperanza de que estas líneas sirvan por sí mismas, pero lo que más quiero transmitir es cuánto depende de comenzar una búsqueda personal. ¡Por favor, haga algo! ¡Acción! ¡Intente! Retome el hilo de algo que le hubiera despertado interés en algún momento; eso que dejó de lado pensando que había cosas más importantes que resolver primero. Confíe ciega y fanáticamente en usted, pues en la medida en que está vivo, y eso es indudable, en usted reside intacta la posibilidad de experimentar entusiasmo. Esta posibilidad está debajo de una pila de escombros que hay que remover, sin apuro. Usted ya sabe adónde va: a recuperar sus ganas de vivir. Ya tiene un Norte, ya está orientado (a). No se deje distraer por consideraciones del fatalismo biológico ni por el nihilismo racionalista. Siga el hilo de aquello que lo haga sentir vivo sin concesiones. No se deje apartar por ningún argumento, puesto que no hay argumento superior a la Vida misma, y para argumentar primero hay que estar vivo. Busque aquello que lo haga sentir vivo y piense a partir de eso y no antes.

No está en mi intención autoindicarme, sólo le aconsejo que recurra a las ayudas que sienta afines con las razones de esta obra: todos los recursos que favorezcan el contacto consigo mismo, la meditación, el yoga, la pintura, abordar algún estudio aunque no parezca rentable, retomar el contacto con su religión o con la oración en la forma que fuera.

Todas estas posibilidades no se oponen al éxito y al bienestar económico, por el contrario, la introspección es el camino al aumento de la eficiencia, mientras que perderse en lo de afuera lleva al agotamiento y la confusión.

La vida: un hecho irrefutable
Usted podrá creer en algo o en nada, podrá ser teísta, agnóstico o ateo. La teoría del Big Bang y Darwin resolverán todas sus inquietudes o se pensará como criatura de Dios. Estará esperando el Apocalipsis o confiará en que la ciencia, finalmente, traerá la solución a los problemas del hombre sobre la Tierra. Sea cual fuere su postura, hay un hecho indudable en el que ninguno puede dejar de creer: el hecho de que vive. Mejor dicho, es algo en lo que no necesita creer porque lo siente todo el tiempo, lo vive. Es un hecho tan simple y elemental que pasa desapercibido, como el oxígeno que nos rodea, en el que no pensamos nunca pero sin el que no existiríamos. Repitamos que se trata del hecho simple y elemental pero fundamental, universal e indudable de que estamos vivos, que estamos en el mundo y tenemos una vida personal y concreta, la de cada uno, y que debemos llevarla a cabo. No sólo debemos llevarla a cabo sino que, además, tenemos un irrefrenable deseo de hacerlo del modo más grato posible, o sea que estamos vivos y buscamos la felicidad.

El lector ya tiene algo en lo que creer, donde poner toda su fe, más aún, algo que no puede negar porque le sucede. Este hecho, personal e intransferible, de estar cada cual viviendo y teniendo que hacer su propia vida, es previo a cualquier razonamiento, ideología, religión o filosofía, porque para adscribir a cualquiera de esas formas de sentir pensar o creer, previamente debemos estar vivos. La vida es previa, es anterior, preexiste a cualquier pensamiento que tengamos en ella y sobre ella.

En consecuencia, la vida tiene preeminencia e implica entonces una jerarquía superior. La vida es vivida antes que pensada, razonada o explicada. Ella es la que contiene los pensamientos, las explicaciones; no puede ser pensada desde afuera de ella, como lo suelen intentar el frío racionalismo, el nihilismo y otras filosofías negativas, porque para ser racionalista o nihilista, primero hay que estar vivo.

Dr. Aranovich, Ricardo
Médico, UBA. 1966. Esp Psiq. 1974
Residencia en Psiquiatría Policlínico Araoz Alfaro, Lanús.
Miembro titular del capítulo de integración del conocimiento de la Asociación de Psiquiatras de América Latina.
Miembro del Comité de Redacción de la Revista Acta Psiquiátrica y Psicológica de América Latina.
Dicta seminarios universitarios y conferencias y ha publicado artículos en revistas nacionales y extranjeras.
Libros publicados: Estrés, depresión, fatiga, Buenos Aires 2000, Psicoterapia y Razón vital, Buenos Aires 2000, Autenticidad y vida, Buenos Aires 2002 y Ortega y Gasset, orientador. En: Entre historia y orientación filosófica, T. II, Sevilla: 2006. ¿Quién se robó mi entusiasmo?, Ed. Atlántida, Buenos aires, 2009.

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Os dejo el nombre de otro libro, bastante utilizado en el campo de la psicología.

"La inutilidad del sufrimiento. Claves para aprender a vivir de forma positiva" es de María Jesús Álava Reyes de la editorial La esfera de los libros.



"La inutilidad del sufrimiento. Claves para vivir de una manera positiva" escrito por Mª Jesús Álava Reyes, de la editorial La Esfera de los Libros es una guía práctica para, entre otras muchas cosas, dejar de sufrir inútilmente.

Todo el estudio que queda reflejado en el libro está basado en una premisa, la sostenida por la Psicoterapia Racional Emotiva de Albert Ellis, que como ya explicamos inspira también el libro de Lucien Auger. Esta premisa esta basada en que las emociones que sentimos, no son consecuencia de los acontecimientos que vivimos o las personas con las que tratamos, sino de los pensamiento o ideas que nos formamos a propósito de esos acontecimientos.




Es decir A no es la causa de C, sino de las ideas que yo formo a partir de A, es decir B. En pocas palabras, como simplifica Álava Reyes "la gente es feliz o infeliz, no por lo que les pasa, sino por como se toman su vida".

Creer en esto por una parte supone un pequeño shock ya que de repente pasamos de ser victimas de las circunstancias, a ser responsable de nuestras emociones. Pero una vez superado el shock se abre ante a nosotros un nuevo universo de posibilidades sobre las que trabajar.

Decimos trabajar, porque una reconstrucción cognitiva de este calibre no se consigue de la noche a la mañana simplemente subrayando una frase en un libro, aunque es un buen comienzo. Requiere un cierto esfuerzo por nuestra parte el detectar cuando nuestro estado ánimo ha cambiado tras un acontecimiento y cazar los pensamientos que han pasado fugazmente por nuestra cabeza a propósito de ese acontecimiento.

Los pensamientos están ahí, siempre entre medias y normalmente son traicioneros y juegan en nuestra contra, en resumidas cuentas a la mayoría de nosotros nos machacan la existencia. Esa voz que cuando estudiábamos para los exámenes nos repetía “es demasiado tarde, no te queda tiempo”, la que en las entrevistas de trabajo nos repite “no les estás gustando, se darán cuenta de que tienes poca experiencia”, la misma que en nuestras primeras citas nos dice “se está aburriendo contigo, tiene ganas de irse…”. Esa voz, esos pensamientos y no los exámenes, ni las entrevistas de trabajo, ni las primeras citas son las que consiguen que te estreses, tengas ansiedad y entres en un estado que te predispone al fracaso. ¿No sería maravilloso aprender a poner esas voces en nuestro mismo bando? Aprender a animarte a ti mismo, a relajarte en los momentos difíciles, a motivarte y por qué no a decirte algún piropo de vez en cuando…

Es normal que en ocasiones nos sintamos disgustados, a nadie le agrada tener que recoger a su hijo con una pierna rota del colegio o que le despidan de su trabajo, pero incluso en esas situaciones siempre podemos poner nuestra mente de nuestra parte. En última instancia, aunque nuestros pensamientos sean totalmente racionales y tengamos toda la razón para estar abatidos, siempre seremos capaces de reaccionar mejor ante la adversidad con algo de tranquilidad y optimismo, con lo que lo mejor para nosotros es que cortemos esos pensamientos negativos, aunque realistas.


"Quizá algunas personas se pregunten si eso no es negar la realidad; su planteamiento es bastante lógico, pero yo les pediría que analicen a qué nos conduce hundirnos emocionalmente; para qué nos sirve perder el control, sumergirnos en una pena infinita o desgarrarnos ante lo que nos pasa; sobre todo cuando no tenemos control sobre las circunstancias externas" Mª Jesús Álava Reyes

Álava Reyes encuentra las raíces de esa tendencia al sufrimiento en una educación que parece habernos programado para "pasarlo mal". Tendremos la oportunidad de valorar si como dice Melody Beattie no seremos un poco adictos al drama, es decir, hasta que punto no encontramos en la dramatización de los acontecimientos una excusa para salir de la monotonía.

Creo que todos hemos tenido contacto con personas que no importa a que lugar maravilloso se hayan ido de vacaciones, al volver siempre tienen anécdotas negativas de sus vacaciones, no importa si la mayor parte de su crucero fue maravilloso y se lo pasaron genial al final parecen sólo recordar los momentos malos. ¿Por qué abundan tanto los agoreros, desesperanzados y pesimistas? A muchos les convendría tener en cuenta la siguiente cita:


"Cuando todo parece que falla lo normal es que estemos fallando nosotros" Mª Jesús Álava Reyes

Si formamos parte del grupo anterior, el de los agoreros, pesimistas y desesperanzados, saber que podemos cambiar si lo deseamos, con esfuerzo podemos abandonar el drama y ver la vida de otra manera. Por otra parte, si no te consideras parte de ese grupo pero si que estás bajo el radio de influencia de esa visión negativa, ten en cuenta que:


"Las personas de nuestro alrededor pueden favorecer o entorpecer nuestra búsqueda de la felicidad, pero no nos engañemos: ni son los responsables de lo que consigamos ni los culpables de no lo alcancemos" Mª Jesús Álava Reyes

“La inutilidad del sufrimiento” es un buen punto de partida para los que quieran dar sus primeros pasos en la terapia racional emotiva, con un enfoque práctico. Es de agradecer que el libro venga acompañado de una abundante bibliografía que nos permitirá seguir ahondando en el tema si es que lo deseamos.

Fuente:ARTUROSORIA.COM
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helena romeu
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Buenos días,
Gracias por compartir los libros. Existe mucha controversia en cuanto al tratamiento de la depresión con medicación "placebo". Opino que es un tema muy delicado y que mucha gente desconoce. Tampoco hay que diagnosticar un simple episodio de tristeza temporal con una depresión, ya que es un término que se utiliza muy a la ligera.
Algunos de los libros que comentáis los conozco y recomiendo. Además, me gustaría compartir un par de artículos que tratan sobre este tema:
http://www.drromeu.net/drromeu-barcelona/debate/sertralina-y-ansiedad/ y http://www.drromeu.net/drromeu-barcelona/debate/cuando-empezara-a-sentirse-mejor/
Espero que os gusten y/o sirvan de ayuda.
Un saludo.
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